El reto es de confianza en la Era Digital

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De manera reciente, producto de vivencias de tipo personales y profesionales, he prestado especial atención al arrasador potencial que tiene la confianza y la falta de ella en el desarrollo de todas nuestras relaciones y cualquier espacio del que participamos. Esa creencia acerca de que alguien o algo se desenvolverá en virtud de nuestras expectativas, hace que se reduzca la incertidumbre frente a lo que se espera del otro y que avancemos con seguridad; por el contrario, la falta de confianza inevitablemente trae consigo estados de pesimismo, crisis y hasta de fracaso, en todo en cuanto nos involucramos: nuestras relaciones de pareja, la familia, el trabajo, la valoración que hacemos de nuestros gobernantes y hasta el sistema bancario, entre tantos otros escenarios.

Está claro que, de ser traspasados los límites de la confianza, la situación nos convoca a retirar nuestros afectos y el apoyo a la causa, pero qué pasa cuando esa desconfianza supera los espacios en donde por cuenta propia podemos encontrar una solución, ¿qué pasa cuando la causa que vamos a tirar por la borda es la causa que nos incumbe a todos?

Justamente hoy el resquebrajamiento de las relaciones de confianza entre las instituciones públicas y todos nosotros como ciudadanos, evoca un panorama bastante grisáceo, en el que colombianos cada vez más informados, se sienten indignados frente al manejo de lo público. Por ejemplo, los más recientes resultados de la encuesta Gallup es muy diciente de esa realidad, refleja, por ejemplo, el sinsabor que envuelve la relación entre el 62% de los bogotanos y el Alcalde Peñalosa, también la desaprobación del gobierno nacional por cerca de 72% de los colombianos, y que el 88% de los consultados considera que la seguridad en el país está empeorando, entre otras cifras que evidencian una ruptura significativa en los marcos de confianza ciudadana. ¡Cuidado señores! ese descontento y pesimismo por parte de los colombianos frente a lo que está pasando en el país, puede llegar a ser una profecía auto cumplida que empeoraría las problemáticas más tangibles.

Y aquí viene la propuesta, qué tal si se ubica en el centro de toda esta preocupación a los ciudadanos desconfiados y se nos permite sacar a flote nuestro potencial no explotado, esa disposición a tener un papel activo en nuestra relación con lo público para opinar, decidir y controlar en qué se invierten nuestras contribuciones y cómo nos están representando aquellos a quienes elegimos. Pero qué tal si, además se nos dota de herramientas desacartonadas e innovadoras, como las tecnologías de la información y las comunicaciones para interactuar de una manera sencilla y autentica con el Estado.

Me imagino unas instituciones vanguardistas, frescas y articuladas que ponen a disposición de todos nosotros un sin fin de canales de comunicación en tiempo real, unos trámites y servicios más próximos a nuestras necesidades, esquemas de acceso desburocratizados que le facilite la vida a la gente, datos abiertos que nos permita tomar decisiones y evidenciar el nivel de transparencia de su gestión, así como también la garantía de que hay protección de nuestra información, entre tantas opciones que harían de las Tic el instrumento que modernice la gestión pública.

El mundo está viviendo hoy la verdadera revolución digital, y de no querer estar rezagados, a los colombianos nos llegó el momento de percatarnos acerca de cómo sacar provecho de esta nueva realidad y en virtud de ella, potencializar todo cuanto queramos. En particular, yo quisiera que, a través de las Tic, en Colombia consiguiéramos fortalecer nuestra democracia, y restablecer eso que es tan importante para poder avanzar con esperanza: la confianza, pero para eso, como bien lo dice un gran amigo “debemos construir una verdadera política de innovación ciencia y tecnología”, ¡a por ello!

Ana María Pérez

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